miércoles, 25 de mayo de 2016

Editorial: esclavos tecnológicos



ESCLAVOS TECNOLÓGICOS

En el verano de 1879, Marcelino Sanz de Sautuola descubrió junto con su hija María las pinturas de la Cueva de Altamira. El descubrimiento científico fue analizado por sus contemporáneos que, por una cosa u otra, fueron incapaces de asumir el planteamiento que él propuso. El final del s.XIX no era la mejor fecha para realizar un descubrimiento que hiciera temblar los cimientos de la historia que sustentaba aquella época, pero… ¿Cómo sería el descubrimiento de Altamira en 2016? Seguro que sería distinto.
La población de hoy se pasa las 24 horas del día conectada a Internet y con un solo clic tendrá acceso a los contenidos que desee. La información nunca ha sido tan inmediata, tan heterogénea… Y, sin embargo, las personas jamás han estado tan desconectados, aislados y apáticos por aprender. ¿De qué sirve tener un teléfono en la mano durante todo el día, si al tenerlo se pierde todo lo que pase fuera de esa pequeña pantalla?
No importa la situación. Hoy es imposible realizar cualquier actividad acompañado en la que no aparezca, tarde o temprano, un teléfono móvil. Algo tan sencillo como una comida, una conversación agradable o un paseo con su hija (como le ocurriera a Sautuola) se ve eclipsado por el uso de la tecnología, de la cual nos hemos convertido en presos.
La sociedad actual ha perdido todo afán por lo natural, por disfrutar de las cosas más sencillas de la vida. Ha perdido el espíritu aventurero y de aprendizaje que un día tuvo y el sedentarismo se ha convertido en uno de sus deportes favoritos. Eso sí, completamente colgado de una pantalla.
Las vivencias personales y su influencia en cada individuo han pasado totalmente desapercibidas. Actualmente, una actividad no es plenamente satisfactoria si no se realizan unas fotos y se cuelgan en las redes sociales. El único fin es poder decir a los demás: “Yo estuve ahí, mira. Tengo la prueba”. Ha dejado de guardar los recuerdos en su mente para comenzar a guardarlos en un disco duro. Y este es un problema que viene de largo, ya que se produce porque la felicidad propia dependerá de la opinión que cada individuo tenga de nosotros.
Todo esto ocurre porque existe un miedo prolongado al cambio y al rechazo. Por eso cuesta aceptar los descubrimientos que puedan cambiar la percepción de nuestro mundo. Porque el hombre se ha convertido en un animal de costumbres al que le gusta la costumbre que ha tomado, sin darse cuenta de que su felicidad reside en otras cosas más sencillas de lo que piensa. Imagino que en el s.XIX los avances tecnológicos eran menores, pero estoy seguro de que la población no necesitaría de ellos para divertirse o para el transcurso de su vida.
Prueben a salir a la calle sin teléfono móvil.  Salgan sin teléfono, relájense y hagan lo que querían hacer cuando eran adolescentes. Olviden lo virtual y redescubran lo real. Vuelvan a hacer cosas que parecen insignificantes. Cojan a un familiar o a un amigo, y salgan a dar un paseo por el parque. Quizás así acaben encontrando una nueva cueva de Altamira.

Carlos López Ezquerra


No hay comentarios:

Publicar un comentario