ESCLAVOS
TECNOLÓGICOS
En el verano de 1879, Marcelino Sanz de Sautuola descubrió
junto con su hija María las pinturas de la Cueva de Altamira. El descubrimiento
científico fue analizado por sus contemporáneos que, por una cosa u otra,
fueron incapaces de asumir el planteamiento que él propuso. El final del s.XIX
no era la mejor fecha para realizar un descubrimiento que hiciera temblar los
cimientos de la historia que sustentaba aquella época, pero… ¿Cómo sería el
descubrimiento de Altamira en 2016? Seguro que sería distinto.
La población de hoy se pasa las 24 horas del día conectada a
Internet y con un solo clic tendrá acceso a los contenidos que desee. La
información nunca ha sido tan inmediata, tan heterogénea… Y, sin embargo, las
personas jamás han estado tan desconectados, aislados y apáticos por aprender.
¿De qué sirve tener un teléfono en la mano durante todo el día, si al tenerlo
se pierde todo lo que pase fuera de esa pequeña pantalla?
No importa la situación. Hoy es imposible realizar cualquier
actividad acompañado en la que no aparezca, tarde o temprano, un teléfono
móvil. Algo tan sencillo como una comida, una conversación agradable o un paseo
con su hija (como le ocurriera a Sautuola) se ve eclipsado por el uso de la
tecnología, de la cual nos hemos convertido en presos.
La sociedad actual ha perdido todo afán por lo natural, por
disfrutar de las cosas más sencillas de la vida. Ha perdido el espíritu
aventurero y de aprendizaje que un día tuvo y el sedentarismo se ha convertido
en uno de sus deportes favoritos. Eso sí, completamente colgado de una
pantalla.
Las vivencias personales y su influencia en cada individuo
han pasado totalmente desapercibidas. Actualmente, una actividad no es
plenamente satisfactoria si no se realizan unas fotos y se cuelgan en las redes
sociales. El único fin es poder decir a los demás: “Yo estuve ahí, mira. Tengo
la prueba”. Ha dejado de guardar los recuerdos en su mente para comenzar a
guardarlos en un disco duro. Y este es un problema que viene de largo, ya que
se produce porque la felicidad propia dependerá de la opinión que cada
individuo tenga de nosotros.
Todo esto ocurre porque existe un miedo prolongado al cambio
y al rechazo. Por eso cuesta aceptar los descubrimientos que puedan cambiar la
percepción de nuestro mundo. Porque el hombre se ha convertido en un animal de
costumbres al que le gusta la costumbre que ha tomado, sin darse cuenta de que
su felicidad reside en otras cosas más sencillas de lo que piensa. Imagino que
en el s.XIX los avances tecnológicos eran menores, pero estoy seguro de que la
población no necesitaría de ellos para divertirse o para el transcurso de su
vida.
Prueben a salir a la calle sin teléfono móvil. Salgan sin teléfono, relájense y hagan lo que
querían hacer cuando eran adolescentes. Olviden lo virtual y redescubran lo
real. Vuelvan a hacer cosas que parecen insignificantes. Cojan a un familiar o
a un amigo, y salgan a dar un paseo por el parque. Quizás así acaben
encontrando una nueva cueva de Altamira.

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