TODO Y NADA
ES CASUALIDAD
Criado en una familia de alto nivel social, Marcelino Sanz
de Sautuola era un hombre interesado en los fósiles (y en todo lo que tuviera
relación con las cosas antiguas) que, seguramente, jamás habría imaginado que
una de sus expediciones a las cuevas de Santander pudiera cambiar la historia
del arte. Para explicarlo, iré al principio de la historia:
Un hombre llamado Marcelino era un gran aficionado a las
expediciones, los paseos y las aventuras. Había recorrido muchísimos lugares
cercanos a su tierra natal, Santander. Tal era su amor por la antropología y
por lo prehistórico que poseía una colección personal, la cual aumentaba a cada
salida que realizaba.
De hecho, en una ocasión realizó un viaje hacia la
Exposición Universal de París, en la que aprovechó para visitar el pabellón
antropológico y así seguir aprendiendo sobre aspectos artísticos que le
gustaban. Este viaje sería determinante en un futuro próximo.
Su vida transcurría con total normalidad y sus salidas
(tanto solitarias como con su familia) se repetían cada vez más. Sus
investigaciones y exploraciones, realizadas en cuevas cántabras como las de
Revilla de Camargo y otras similares estaban a punto de llevarle a un
descubrimiento histórico.
Durante una de estas excursiones, él andaba buscando por el
suelo junto con su hija María, algún resto de una ocupación humana prehistórica
que le ayudara con su colección. Poco a poco, fueron adentrándose totalmente en
una de las cuevas hasta que, de pronto, la niña de tan sólo ocho años, gritó:
“¡Mira, papá! ¡Bueyes pintados!”
Es difícil imaginar la cara que puso al ver aquellas
pinturas en el techo de la cueva, pero sabemos que rápidamente supo enlazar
aquellas pinturas con todas las que había visto en París apenas un año antes. Exacto:
Marcelino Sanz de Sautuola, junto con su hija, acababa de descubrir las
pinturas de la Cueva de Altamira.
Él mismo llegó a reconocer que jamás habría mirado al techo
de no haber estado su hija allí, pero su afán por los descubrimientos fueron
los que le llevaron hasta este asombroso sitio. Un lugar fantástico con un gran
número de pinturas tan sorprendentes que, con seguridad, le dejaron helado.
Una vez observadas todas y cada una de las pinturas,
Marcelino decidió copiarlas. Tan sólo llevando a cabo una reproducción exacta
de las mismas y publicándolas el mundo sería capaz de creer en su
descubrimiento.
Y así se descubrió científicamente la Cueva de Altamira,
declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985. Una historia tan
curiosa que incluso ha sido llevada a la gran pantalla a través de la película Altamira con Antonio Banderas.
Quizás se trate de un descubrimiento aparentemente casual,
pero en su defensa debo añadir que prácticamente todos los descubrimientos lo
son, ya que todo y nada es casualidad.
Carlos López Ezquerra

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